El asunto del blog…

La semana está a  punto de terminar (bajo la convención de que el lunes es el inicio de la semana). Es momento de escribir…  Debo confesar que he estado pensando en el asunto del blog, de El alebrije y la salamandra. ¿Escribiré un blog como si fuera un diario -o semanario- personal? ¿Lo mantendré privado? ¿Utilizaré el blog como hoja en blanco para regresar a mi rutina, sin preocuparme porque el contenido sea todo el tiempo consistente? ¿Debería escribir con el objetivo de entretener a una posible audiencia? ¿Debería escribir sobre lo que sucede en mi país -escribir en mi blog en vez de opinar en Proceso o Reforma? ¿Debería hacer un blog sobre un sólo tema? ¿totalmente específico?

Para ser sincera, no tengo una respuesta en blanco y negro. Como buena mexicana, mi respuesta tiene color y tonalidades. He decidido que el blog no va a ser privado, porque perdería su calidad de blog. He decidido que no va a ser un blog en busca de audiencia, sin negar que sería satisfactorio que alguien me leyera -siempre es agradable saber que a alguien le interesa lo que uno decide decir, escribir, cantar, o gritar. Sea cual sea la razón real de la atracción del lector por el escritor, el ego del escritor siempre se ve aumentado con el surgimiento de una audiencia. No va a ser un blog de política, pero no va a ser ajeno, ni del todo indiferente, a los sucesos diarios. Y sí seguirá siendo una herramienta para que su autora recupere su rutina de escritura. En otras palabras, éste blog es personal con un toque público. Es un blog egoísta y sincero -no niega su parte humana. Es un blog que, como todo, evolucionará…

Cuando el fin es el inicio

En el lado personal, la semana pasada presenté mi renuncia en mi trabajo actual. La historia no es muy larga, pero no va a ser contada en éste espacio. Basta decir que he decidido hacer cambios en mi vida profesional y he aceptado una oferta que parece ser el cambio que necesito y que quiero. El nuevo trabajo me llevará a vivir nuevamente a la hermosa ciudad de Trondheim, en Noruega, sin dejar Londres al cien por ciento. Me espera un año con muchos viajes…

Entre los dos trabajos, pienso tomar dos meses, para los que tengo grandes planes. Algunos de esos planes son:
1) Aprender cómo publicar en Kindle.
2) Publicar el libro de las historias de Fae (2003).
3) Participar en un taller de pintura al óleo y acrílico, para continuar con mis proyectos artísticos.
4) Leer un par de libros sobre optimización e inversión (nada que ver con mi vida artística).
5) Continuar escribiendo en El alebrije y la salamandra, al menos una vez a la semana.
6) Terminar de leer el libro El collar de perlas, de Dálber Ra Melessio, y escribir una crítica literaria.
6) Mantenerme al tanto de lo que sucede en el mundo y, si lo amerita, comentar o hacer algo al respecto.

Obviamente, para poder realizar el segundo punto, tendré que satisfacer el primero, terminar de editar mi portada,de editar el libro en sí, decidir en el título definitivo, decidir si escribir, o no, un prólogo, escribir el prólogo -si la decisión fue “sí”-, etc. Creo que voy a tener suficiente en qué entretenerme. Ya estaré reportando al respecto.

Así es como la renuncia, se convierte en el inicio. Es como cuando uno termina la primaria, para iniciar la secundaria. O la carrera, para iniciar la vida de “adulto”. Pepe Rojo, mi profesor de Métodos Literarios en la prepa, dijo alguna vez que en el día de la graduación en las universidades, los hasta-hace-poco-estudiantes, suben al estrado como graduados y bajan como desempleados. Ese es el ritual, aunque pocos lo reconozcan y pocos se salven de él. Cuando algo termina, hay un sentimiento de pérdida, pero cuando algo inicia hay un sentimiento de emoción y expectativa (si lo que inicia es algo positivo). Por cuestiones especificadas en mi contrato, tengo que trabajar por un mes, después de presentar mi renuncia. Por lo que debería de encontrarme en la etapa del sentimiento de pérdida -como el graduado que sabe que ya no hay más clases (al menos que, como yo, el graduado decida seguir hasta terminar el doctorado), que ya no hay un currículum predefinido por seguir, que ya nadie le va a tomar la mano para decirle cuál es el siguiente paso-; sin embargo, no siento esa pérdida. Más bien, siento desesperación por un término definitivo; tengo tantos planes, tantas expectativas, tantas nuevas cosas que quiero hacer y vivir, que siento que ese mes está limitando mi comienzo. Son veintisiete días los que tengo que esperar para el inicio.

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