La edad de los pies secos

A todos nos llega la edad en que se nos secan los pies, lo queramos o no. A mi me llegó a los 28 años, en una noche de verano en el departamento que rentaba en Houston en Memorial Creole. Era una noche quizá no muy especial. Mi desmemoriado recuerdo me dice que era una noche en plena canícula de verano Texano recibida plácidamente bajo la brisa del aire acondicionado de mi cuarto excluído del clima exterior, nada excepcional. No recuerdo los detalles, pero sé que dormía plácidamente cuando mis pies se secaron. ¡Hmmm! ¡No! No fue así. Yo dormía mi tercer sueño. ¡Tampoco! Estaba exhausta, dormitando… más bien queriendo dormir profundamente, cuando un ansia en los tobillos me hizo dar vueltas en la cama. Dí, no un par sino siete o diez vueltas, atormentada por esa rara sensación en los pies. Esa sensación que parece ser temporal en los momentos de conciencia entre pequeños lapsus de sueño ligero. Sensación que uno califica como pasajera pero que persiste en no dejarnos escapar al anhelado sueño profundo que permite realmente descansar. Recuerdo haber odiado temporalmente a mis pies y haberlos culpado de provocarme pesadillas sensoriales cuando advertí que eran más tercos que mi cansancio y mis ganas de dormir. Recuerdo la frustración al verme forzada a reconocer que mis pies querían atención. ¿Por qué ese día? ¿Por qué? ¡Tantos años de coexistir, sin que mis pies reclamaran atención especial! Años de paz evaporados en esa noche de la canícula. La noche en que mis pies decidieron secarse y aniquilar la armonía que nos unía. Tardé aún varios minutos en entender qué clase de atención era necesaria, hasta que supe que tenían sed. Así que dejé atrás mi mal logrado descanso para encontrar alguna crema hidratante y saciar la sed de quienes me atormentaban esa noche. Una vez resuelto el problema, regresé a dormir en los brazos de Morfeo. ¡Error! Mis pies no tenían sed, mis pies estaban deshidratados. Ni siquiera el buen Morfeo, con todo su poder sobre los sueños humanos, logró ayudarme a ignorar los nuevos gritos de sequedad de mis pies. ¿Qué clase de chantaje era ese? Traté de ignorarlos, pero entre más los ignoraba, menos me dejaban dormir. No tuve más remedio que levantarme nuevamente a intentar apaciguar a ese par de pies secos… El ritual sediento continuó por algunas horas más hasta ese momento en que el buen cansancio ganó a la sed y pude dormir.

pies secos©2013 Adriana Citlali Ramírez

Ellos también tienen pies secos
©2013 Adriana Citlali Ramírez

Pies secos-2

… en proceso de hidratación
©2013 Adriana Citlali Ramírez

      
     Los siguientes días no tuvieron mejores noches. Aquella armonía entre mis pies y yo, a la hora de dormir, estaba francamente deshidratada. ¿Cómo era posible que mis pies se secaran así como así? ¿Estaré yo enferma? Recuerdo haberme preguntado. Una noche en que el prometido efecto hidratante de el remedio para pies secos no funcionó, enojada con mis pies, los puse unos minutos bajo la corriente de agua tibia en la tina. Los remojé y me fui a dormir. Fueron varios días de caos en mi tiempo de descanso hasta que discutí el asunto con mi amiga Petaluma quien simplemente me dijo: Es la edad. A mí también se me secan los pies. Hay que aceptarlo. Es la edad. ¡Remedio perfecto! He aceptado que mis pies decidieron secarse. Quizá lo hicieron porque no les presté suficiente atención en aquéllos primeros años, quizá fue para demostrar que ya eran mayores de edad, o para instaurar una nueva armonía. No lo sé. Hay quienes dicen que la edad se ve en las manos o en el cuello, yo diría que la edad se siente en los pies.

Buenas noches,
Adriana

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