Paréntesis: un mexicano en México –segunda parte–

–Artículo invitado. Parte de la serie perspectivas latinoamericanas, iniciada con Paréntesis: La vuelta al mundo según el alebrije y la salamandra.–

Link a la primera parte: “Del Campo a la capital:el origen”
Paréntesis: un mexicano en México –primera parte–

Del campo a la capital: escolaridad

En la escuela rural de La Lagunilla, atendida por un solo, ocasional, maestro para todos los grados, aprendí los rudimentos de la educación. Aunque he de decir que empecé con un gran fracaso. En mi primer día de clase fui recibido por mis primos mayores con grandes muestras de alegría y creo que eso me envalentonó porque ya avanzada la clase, en un momento dado, el profesor anotó unos números (ahora sé que eran números) y nos preguntó a todos quién pasaba a resolver aquella cuestión. Nadie se atrevió. Volvió a insistir el profesor varias veces con el mismo resultado y entonces yo levanté la mano, todos me aplaudieron con grandes muestras de admiración de que alguien, sin haber pisado nunca un aula pudiera resolver el problema, pero al llegar al pizarrón se me volteó el mundo, me quedé como San Francisco, de a seis (frase que usamos en México para decir que nos quedamos con la boca abierta). El profesor me puso una regañina delante de todos que todavía me duele cuando me acuerdo, pero creo que dentro de mí y en medio de mi gran vergüenza, algo se movió, crujieron los engranajes de una voluntad de hierro diciéndome a mí mismo al oído: “pues ahora voy a aprender y a llegar mucho más lejos que todos ustedes”. Y así fue, yo dejé el surco, y siguiendo el espíritu (sin conocerlo) de Antonio Machado (caminante, no hay camino…) empecé a abrirme caminos, a aprender, a moverme, a salir de mi comunidad a la cabecera municipal, luego a Celaya, después a un internado en una escuela Práctica de Agricultura, en donde fui seleccionado con otros treintaiuno (entre trescientos sesenta y siete que presentamos los exámenes) para una escuela superior de agricultura. Allí volví a fracasar. Como era internado, con solo reprobar una materia quedaba uno fuera. Reprobé inglés y me dijeron: ¡adiós!

Regresé al campo en donde la mayoría de los jóvenes de mi edad se enrolaban para pasar de braceros a Estados Unidos, por contrato. Decepcionado, intenté sin mucho entusiasmo enrolarme también y gracias a Dios, mi hermano mayor me detuvo. Mi hermano mayor abandonó sus estudios en la misma Escuela Practica de Agricultura donde yo estuve -allí él había entrado al primer intento; yo fallé en mi primero, pero entre en mi segundo intento un año después; tal vez yo no era muy listo, pero sí persistente-. Él ya había ido a los Estados Unidos un par de veces. No me permitió ir: “tú ya llegaste muy lejos”, me dijo, “vuelve a lo tuyo porque tampoco te quiero ver metiendo las manos en el campo, trabajo al que una vez juraste no volver”.

Sin becas y sin internados, las universidades se me escapaban de la imaginación, pero le hice caso a mi hermano y partí a buscarlas nuevamente con unos pesos que me pudo dar mi padre, con un sueño en el alma y con la bendición de mi madre.


En México, Distrito Federal trabajé y estudié la preparatoria. Obtuve pase automático a la Facultad y una beca. Durante ese tiempo, fui el Mexicano errante y tuve que andar y andar de posada en posada (comiendo donde pudiera, lo que pudiera y como pudiera), de casa de huéspedes en casa de huéspedes, o de cuartito en cuartito, rentado en casas particulares donde no tenía libertad de nada, ni siquiera de prender la luz después de determinadas horas para estudiar, hasta encontrar la casa que me redimiera. Mis compañeros citadinos, en cambio, vivían en sus casas, con sus padres, comían en sus mesas, paseaban en sus coches y cuando tenían que desvelarse estudiando para un examen hasta mesero les ponían para que les sirviera café. Yo estuve invitado por ellos a algunas de estas tertulias de café/cultura hasta que encontré la casa que me redimió: La Casa Nacional del Estudiante. Esta casa estaba en La Lagunilla de acá, la de Tepito, fundada en la época porfirista por el secretario de educación José Ives Limantour. Entrar allí fue otra odisea, porque estaba casi totalmente tomada por profesionistas, quienes seguían conservando sus habitaciones para escaparse de cuando en cuando a su añorada, dorada vida de solteros, libres y sin obligaciones. Eran fugitivos del gasto, de las colegiaturas de los niños y de la atención a sus esposas huyendo por algunas horas de sus exigencias profesionales y hogareñas. La CNE (Casa Nacional del Estudiante) proporcionaba habitación, agua, luz, regaderas, una cancha de básquetbol y una pequeña biblioteca, gratis. Esta casa fue creada para que vivieran los estudiantes de provincia que venían a la UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México, (mientras estudiaban) porque en esa época todavía muchos estados no tenían Universidad propia.

En México, la Ciudad de los Palacios como la bautizara el Baron de Humboldt, además de La Lagunilla, encontré otras similitudes con El Bajío: aquí también había ‘alzados’; solo que estos no eran pagados por ningún personaje influyente y adinerado, ellos mismos se pagaban, abordando camiones o directamente en las calles con los transeúntes, e igual que aquéllos, también le arrebataban la vida a quienes no querían soltar la cartera, como ahora, como siempre. Era otra era, en la que también había que trabajar duro para sobrevivir; sobre todo cuando al camino que yo abrí lo siguió después otro hermano mío, y después otro, y luego otro. Y yo tuve que alimentarlos y darles para sus estudios, mientras ellos encontraban trabajo para solventárselos. Después vinieron los primos, y luego amigos y paisanos –cuyos padres vinieron a pedirme que les diera posada porque sus hijos también querían estudiar, y que les ayudara a conseguir sus propias habitaciones en la casa y si era posible algún trabajo…–. Acabamos viviendo y comiendo de lo mío muchos en una sola habitación; igual que como vivíamos en La Lagunilla del Bajío, donde teníamos una habitación y un granero/cocina para dos adultos y muchos hijos. Ya después, cuando nuestros padres se mudaron a Apaseo El Alto, la cabecera municipal, ya había dos habitaciones y un granero y fue cuando mis hermanos empezaron a irse conmigo. Igual acá, los habitantes de la única habitación empezaron a irse, encontraron y compraron sus propias habitaciones en la casa y ya mis hermanos y yo vivíamos más holgados, pero entonces tuve la ocurrencia de terminar la licenciatura y empezar a trabajar, con lo que también tuve que ahuecar el ala y dejarles el lugar a los que desde mi campo, mi provincia, siguieron recorriendo el camino que yo abrí rumbo a las universidades y politécnicos. Luego trabajé en diferentes clínicas (a mis compañeros ya les esperaba su consultorio en la casa o en el edificio, propiedad de sus padres). Ahorré mi dinero, puse mi consultorio, conocí a mi esposa, me casé y vinieron los hijos, maravillosos; pero eso es otra historia.

No es determinante el lugar o las condiciones de vida en que nos haya tocado nacer, para movernos de lugar y crecer como personas, cambiando nuestras situaciones por otras mejores o más adecuadas a nuestros deseos. El destino es ciego y solo reparte las cartas. Es a nosotros a quienes toca jugarlas. Si cambiamos de lugar, ideas o perspectivas podemos voltear el mundo a nuestro favor, pero si nos inmoviliza la condición insatisfactoria de lo que llegó a nuestras manos y no hacemos nada, solo nos quedaría sufrir lo que el impersonal destino nos impuso.

Saludos a todos,
Dálber Ra Melessio

–Más escritos por Dálber en su blog Polvo de luna, polvo de sol, o su libro El collar de perlas.-

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