Paréntesis: un uruguayo en Costa Rica

–Artículo invitado. Parte de la serie de las perspectivas latinoamericanas iniciado con Paréntesis: La vuelta al mundo según el alebrije y la salamandra.–

Foto de San José, por Diego A. Bonifacino

Foto de San José, por Diego A. Bonifacino


Soy uruguayo, llevo 8 años viviendo en Costa Rica y hoy les comparto lo que aún me sorprende o me llama la atención de éste hermoso país centroamericano.

En Costa Rica este es el mes de los abejones de mayo, este año llegaron un mes tarde. Son escarabajos voladores café claro y gorditos. Es fácil saber cuando uno se metió en la casa, se chocan contra todo y se escucha el crujir contra las paredes, el mismo de las cucarachas pero sin la parte asquerosa. Se golpean hasta quedar atontados o caer con las patas para arriba. Si fuera sólo uno, lo dejaría tranquilo para que recuperara sus sentidos, pero hay tantos que hay que aprovechar para sacarlos. Al principio los tiraba por la ventana anticipando que abrirían sus alas y los vería rebotar por el piso. Ahora los recojo y los coloco en una planta o en algún muro, cada vez me generan más simpatía.

También es el mes en que comienza el invierno. ¡También llegó tarde! Normalmente comienza en mayo y sigue hasta noviembre. Invierno en Costa Rica no quiere decir frío, aquí quiere decir lluvia. No es una lluvia deprimente, es intensa, las gotas son tan grandes que hacen sonar el piso, un techo de lata se convierte en una orquestra descontrolada. Cae más agua cada mes hasta alcanzar su máximo en octubre. La verdad que me gusta y esto tal vez lo pueda decir porque madrugo, las mañanas siempre están asoleadas.

San José es un valle y yo vivo en las montañas del sur. Estoy a quince minutos del centro y a cinco minutos de estar perdido en el medio del bosque caminando al borde de un río. Si lo sigo durante una hora, llego a una catarata espectacular. Esta es otra cosa que me encanta de vivir aquí.

Costa Rica es un país verde, la vegetación se desborda, inclusive en los lugares desarrollados todavía se ve la furia de la naturaleza rompiendo baldosas, enredaderas trepando paredes y la humedad comiendo lo que esté en su camino. Las calles son muestra del verde del país. Lo considero como uno de los atractivos del país, poder venir aquí a perderse por calles repletas de huecos, tener que cruzar ríos porque no hay puentes. (El slogan de Toyota ha sido: ¡maltrátelo!)

Hasta hace un par de años no había algo que se pudiera catalogar como una carretera decente. Irónicamente, uno paga una millonada en impuestos vehiculares. Los carros, que se llaman carros y no autos, cuestan el doble de lo que costarían en cualquiera de los dos países vecinos (Nicaragua o Panamá). Adicionalmente, hay que pagar un impuesto de circulación anual que depende del valor de vehículo (más caro=más impuestos); el costo de la gasolina también es absurdo.
Todo este dinero entra a un bolsón general que se distribuye a todas las instituciones gubernamentales del país, luego de pasar por el filtro de varios bolsillos, algunos corruptos, otros simplemente innecesarios. Los mandos medios de las empresas públicas tienen secuestrado al país. Les pagan excesivamente bien, frenan las buenas iniciativas que generarían buenos cambios, son lerdos y es prácticamente imposible echarlos.

Cada vez existe una división de clases más evidente aunque todavía uno no se sorprende al ver una casa precaria al lado de una mansión. Tampoco sería extraño encontrar a los dueños de esas casas conversando en un bar, viendo fútbol, tomando cerveza y comiendo chicharrones de cerdo. Todo esto hay que explicarlo por partes –y eso es lo que haré a continuación–.

El desayuno, almuerzo y, a veces, la cena incluye arroz y frijoles. En la mañana lo mezclan y lo llaman gallo pinto. En el almuerzo se mantienen separados, mantienen el nombre de arroz y frijoles, y representan el ingrediente principal al plato típico de todos los días: el casado, que también trae algún tipo de carne, un poco de ensalada y un plátano cocido. De beber se sirve un fresco, que usualmente es un jugo de frutas. Los chicharrones de cerdo a veces se mezclan con arroz y frijoles, tomate picado y un poco de cilantro o culantro, y adquiere el nombre de chifrijo (comúnmente, le agregan limón). Esto es otro clásico para comer en un bar, que se podría llamar un chinchorro si cumple con los requerimientos de simplicidad, por no decir que mantiene un piso de tierra, o despintado, con fotos de modelos con poca ropa del año anterior y algún cartel luminoso.

Nada demasiado fuera de la normalidad de nuestra Latinoamérica. Pero lo que sorprende, lo peor de todo, que por suerte ya no sucede tanto, es que se toman la cerveza con hielo. Sí, es tétrico. Lo peor es que a esto también me acostumbré y ya no le hago tan mala cara. Antes era mucho peor. Los tiempos han cambiado –también la temperatura de las neveras–. Siempre está la opción de una michelada que no se debe confundir con la michelada de otros países que involucra picante u otra cosa. La michelada tica es la chelada mexicana: limón y sal. ¡Me encanta! Ideal con un ceviche.

Pasemos a la actualidad. Esta última semana se dio la final de la temporada futbolística. (Aviso: soy uruguayo pero no sigo el fútbol, ni el de acá, ni el de allá, ni el de ningún lado.) Fue imposible no enterarme de que Cartago, un equipo que lleva 71 años sin ganar, llegó a la final. Antes que nada, déjenme explicar un dato del país. La mayoría de las provincias se juntan en el valle central; en algún momento en la historia –para que no existiera pleito entre las provincias– decidieron alternar cual era la ciudad capital. Se dice que un año era San José y otro Cartago. No sé cuantas veces la cambiaron. Tampoco estoy muy seguro de la veracidad de ese dato, pero sí lo he escuchado varias veces.

Cartago está al este del valle central, a treinta minutos cuando no es hora pico e implica un retroceso de treinta años en el tiempo. Espero que no lo consideren un insulto, es algo bueno en muchos casos: la gente sigue siendo amable. Es notable la diferencia, tienen dichos para todo, pareciera que la educación sigue siendo trasmitida de boca en boca y todo tiene una bonita simplicidad.

El día en que se daría la final de fútbol, pasé por Cartago. En cada esquina la gente bailaba, mostraba las camisetas y aireaba sus banderas. Gritaban, saludaban; la gente sacaba los trapos del color pertinente por las ventanas del carro y tocaban la bocina, por horas. La final era contra Heredia, otra de las provincias que se une en el valle central; la provincia que está al norte. Esa noche, por razón de un cumpleaños y de mala información, terminé en un bar viendo el partido. Cuando Heredia anotó el primer gol, los grillos sonaron en el bar, nadie se inmutó, todos estaban apoyando a Cartago, al de abajo, al que nunca gana. Esta es una de esas cualidades más ticas: la preferencia por el pobrecito. Es más, existe la referencia al pobreci-tico y se nota en todos los aspectos de la sociedad. Esto por supuesto es un manjar para la iglesia católica que se mete en todo, desde la sopa hasta la construcción de una carretera.

Esto último fue por culpa de Doña Laura, o Laurita, la presidenta del país que consideró necesario invitar a la iglesia para decidir si una carretera se construye por medio de una concesión que no le conviene a nadie. No es algo nuevo, lleva rato haciendo este tipo de tortas (errores). No me voy a meter en los detalles políticos, pero no tengo la menor duda que la presidencia ha sido una tortura para esa mujer; es como la suegra, recipiente de todas las quejas y culpas.

Entre amigos se vosean, a veces se tutean, pero en la mayoría todo el mundo se habla de usted. ¡Rarísimo ver a un hijo hablarle a su padre de usted! Es un formalismo que me chocó pero que ya me ha atrapado, a veces le hablo a mi pareja de usted, llevo años acá, por algún lado me tenían que atrapar. Eso sí, nunca, pero nunca me van a escuchar hablando de mae ni con otras particularidades. Mae es el bo rioplatense, el güey mexicano, y tienen la capacidad de incluirlo demasiadas veces en un frase. Mae, pura vida, mae. Y mae, cuenteme algo mae, que va a hacer hoy. No estoy exagerando.

A pesar de que el país enloquece con el fútbol, todos concuerdan que acá no hay fútbol, es un desastrrre –> esto no fue un error, es la forma en la que hablan. Para decirlo de otra manera, el tico habla castellano, pero arrastra la “rr”. Es muy particular. Los más pachuchos o vulgares, le agregan otro saborrsssh. Lo peor es que ya no es un tema de vulgaridad, se ha convertido en una forma más o menos tuanis de hablar. Tuanis es una palabra derivada de too nice, osea que podría ser cool.

Ya para cerrar, porque este paréntesis se ha hecho largo, es algo que insinué al principio y que también está llegando tarde: la impuntualidad. Esto es lo que más loco vuelve a todos los extranjeros que llegan a este país, la informalidad con la que se hacen planes, se cambian, se cancelan o se olvidan. Existen las excepciones y aquellos revolucionarios que nos esforzamos por cumplir con el reloj, pero somos pocos y la causa está perdida. Es uno de esos aspectos que está arraigada en lo más básico y bonito de la cultura que se refleja en el lema de país: Pura vida.

Abrazos desde Costa Rica,
Diego A. Bonifacino

–Visiten el blog de Diego: Matiz Oculto | El cambio incoherente de la ficción..–

Anuncios