En la cama…

Hoy les escribo desde la cama. Lista para dormir, pero sin poder dormir. Confieso que al escribir estas palabras, ignoro el final de la historia que hoy cuento. Lo único que sé es que quiero compartirles un pequeño extracto (quizá no exacto) de una conversación bastante reciente con un par de amigos:

Giusseppe: En cuanto me voy a la cama y me acuesto, me quedo dormido… ¡En serio! Me quedo dormido en, quizá, tres segundos.

Andy: Supongo que eso es a lo que se le llama ser bueno en la cama.

Adri: ¡Ja ja ja!

Giusseppe: … y no despierto en toda la noche. Creo que ni siquiera me muevo.

Andy: ¡Mejor aún! Imagino; al menos para las parejas que llevan mucho tiempo juntas. Las peores personas en la cama son las que roncan. La peor compatibilidad debe ser cuando ambas partes roncan. Seguramente tienen que competir para quedarse dormidos primero, de lo contrario los ronquidos de su pareja no los, o las, dejan dormir.

No sé a ustedes, pero a mi me dio mucha risa la conversación. Dentro del contexto citado, yo definitivamente no soy buena en la cama, pero tampoco soy de lo peor. Me tardo mucho en dormir; si hay luz, aunque sea un diminuto rayo fugaz, seguramente me retrasará el inicio de los sueños; me es fácil distraerme y seguir despierta, aunque esté cansada; entre menos duermo y más cansada estoy, menos me puedo dormir; pero recuerdo mis sueños y, en las mañanas, siempre puedo dormir. En las mañanas soy excelente. Aunque no esté muy cansada, siempre puedo cerrar nuevamente los ojos y seguir viviendo en el mundo de los sueños. A veces he despertado de un sueño interesante y he cerrado los ojos rápidamente para continuar soñando el mismo sueño –suele funcionar–. A veces, el despertador suena y lo apago sin estar consciente de mis actos. El botón de siesta (snooze) es uno de los mejores inventos para personas como yo porque el despertador vuelve a sonar en diez minutos o en alguna cantidad no muy larga de tiempo. En fin, esa es la historia de hoy. Al escribir la última frase, me he hecho la misma pregunta que alguno de mis lectores seguramente se hará: ¿por qué les cuento esto? Sinceramente no lo sé. Como dije en un inicio, esta entrada de blog es un viaje que estamos tomando juntos pero en tiempos diferentes. Es como una sincronía relativa. Yo no sé a dónde se dirigen mis palabras, y ustedes tampoco, aunque ambos nos imaginemos algo; algo quizá semejante, quizá radicalmente diferente.

Recuerdo la historia de que realmente nunca sabemos a dónde vamos. Muchas veces creemos saberlo. Salimos de la casa en dirección a algún lugar: al trabajo, a la escuela, a la casa de la amiga o a la montaña. Si alguien nos pregunta a dónde vamos en el momento en que cerramos la puerta, seguramente contestaremos convencidos de nuestra trayectoria, pero estaremos mintiendo irremediablemente. No conocemos nuestra trayectoria futura porque no la hemos vivido aún. Tenemos una idea de ella, tenemos un plan, pero la realidad puede decidir no llevarnos a donde estábamos seguros de ir. Una forma más metafórica de la idea de ir a algún lugar es también la idea de dirigirnos a un futuro planeado, podríamos estar seguros de dar los pasos hacia cierto futuro y es posible que los demos, que demos esos pasos; pero también es posible que en el trayecto pase algo que cambie el curso de nuestro futuro, de nuestras decisiones, de nuestra idea del futuro; o que al caminar nuestros pasos, cambiemos el futuro de otros. Realmente nunca caminamos de un punto a otro (en línea relativmente recta), nunca evolucionamos siguiendo un camino predefinido. Todo camino es sinuoso, porque interactuamos con el mundo, con otras personas, con encrucijadas, con distracciones, con casualidades y causalidades. Salir de la casa para dirigirnos rutinariamente a cierto lugar, no es rutina. Es un acto de valor, aunque no lo reconozcamos día a día. Es riesgoso dar el primer paso, porque el segundo, el tercero o el número quinientos quizá nos lleve muy lejos de casa o de nuestro destino original. Pero es un riesgo que, a mi parecer, vale la pena tomar. A veces los pasos planeados llegan a ser realidad, a veces son parte de la cotidianidad. Pero muchas veces los pasos inesperados son los que más significado dan a nuestra vida.

Buenas noches. Es hora de apagar la música y tomar el riesgo de dirigirme a un sueño agradable y un buen descanso –me quedan seis horas y media, antes de la hora en que el plan actual me dice que despertaré–.

Adriana

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