Paréntesis: un mexicano en México –primera parte–

–Artículo invitado. Parte de la serie perspectivas latinoamericanas, iniciada con Paréntesis: La vuelta al mundo según el alebrije y la salamandra.–

Del campo a la capital: el origen

Les comparto mi visión del mundo, aunque no necesariamente de un país a otro, puesto que, aunque he visitado muchos países de América y Europa, mi residencia ha sido siempre la misma: México. Hablar de mi país no disminuye ni aumenta mucho las diferencias que existen de una región a otra, pero de un estrato social a otro sí. Del campo a las grandes ciudades, donde se puede encontrar la enseñanza organizada, siempre ha habido grandes obstáculos para los campesinos que fuimos y son cada día más pobres. A pesar de que ahora hay muchas universidades y escuelas técnicas en todas las grandes ciudades de la República –contrario a cuando yo las necesité– los campesinos siguen teniendo las universidades –igual que las tuve yo en mi tiempo– a distancias planetarias tanto en terreno como en posibilidades económicas; a diferencia de los urbanícolas que tenían y siguen teniendo todo al alcance de la mano.

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Campo mexicano
©2012 Adriana Citlali Ramírez

El origen

Yo nací en el campo, hijo de ejidatarios. El ejido fue una propiedad del estado mexicano concesionada de por vida a los ejidatarios para su usufructo. La propiedad fue concesionada con derecho a ser heredada a los hijos del ejidatario, pero sin derecho a ser enajenada (aunque algunos las vendieron de forma ilegal porque no había mucha regulación al respecto) para que siguiera sirviendo a las familias. Fue hasta tiempos recientes cuando el presidente López Portillo le dio al ejido el título de ‘propiedad’. Ahora sí, ya los ejidatarios pueden vender sus parcelas. Pero como escribía, yo nací en el campo, sin luz eléctrica, en medio del esplendor del sol, el vuelo del viento, el canto del tzenzontle, el planear de las majestuosas águilas y el miedo a los ‘muertos’ en la oscuridad de las noches alumbradas por el rayo de las tormentas locas, por la pálida luna o las titilantes estrellas; pero muy lejos de las aulas.

Los ejidos nacieron de la Reforma Agraria del presidente Lázaro Cárdenas; quien expropió las grandes haciendas para repartirlas entre los trabajadores muchas veces aniquilados por el lacerante látigo español sobre sus espaldas esclavas (a ciento veinte años de independencia) y esquilmados por la tienda de raya de la misma hacienda en sus magras economías. Fue una lucha político/militar puesto que los hacendados contrataron y armaron gente para aterrorizar, tanto a los que ya tenían ejido como a los que lo estaban solicitando, bajando furtivamente por las noches a matar y ahorcar gente, y a destrozar sus escasas propiedades.

Mis familiares militaron en los dos bandos. Los del lado de mi padre pidieron ejido y los del lado de mi madre engrosaron las filas de los ‘alzados’ o ‘bandidos’, como les decían. Ellos fortuitamente se hicieron ricos, no por lo que les pagaran los hacendados sino porque eran los pagadores de los alzados. En la última vez que subieron a la sierra a pagar encontraron muertos a los alzados; el ejército había acabado con ellos después de acabar con los hacendados. Ya no había a quién pagarle. Los dueños de las cuatro mulas cargadas con cajas de monedas de oro no estaban en posibilidad de reclamarles nada. Con el tiempo, otros hacendados tomaron el lugar de estos y siguieron atizando la violencia, sobre todo en el lugar donde mis parientes obtuvieron su ejido. Cuando yo nací, y en mi niñez, todavía ese escalofriante ruido de armas nos rondaba en las noches igual que el coyote y el zorro rondaban los gallineros. Mi abuelo materno, padre de cinco hijas casadas con ejidatarios y presuntos ejidatarios, se hizo a un lado, no intervino en ninguno de los dos bandos.

El ejido fue una bendición para millones de peones que se volvieron propietarios de sus parcelas, pero fue una maldición para la agricultura del país.

Yo nací en La Lagunilla, enclavada en la región del Bajío que era conocida en esa época como ‘el granero del país’ (nunca más volvió a serlo). Paradójicamente cuando llegué al Distrito Federal, la capital, en busca de las universidades, viví también en La Lagunilla, enclavada en el barrio bravo de Tepito, conocido como la cantera de boxeadores y dueño de una forma sui-géneris de hablar. Las grandes haciendas repartidas por Lázaro Cárdenas dieron un tremendo empuje social al país, aliviando la escasez y el hambre entre los mexicanos, en un mundo donde las gentes del campo solo salían de la pobreza extrema para entrar en la miseria.

La producción agrícola nunca volvió a ser la misma, en volumen, para el país. El agrarismo le dio vida a la vida en el campo, pero destruyó la capacidad motora para producir que tenían las haciendas. Nuestra cercanía con Estados Unidos y su tremendo auge después de la segunda gran guerra, fueron otros factores que abatieron nuestra producción agrícola. Los campesinos sin capacidad para mantener las represas de regadío, ni para fertilizar las siembras, las dejaron abandonadas por ir tras los dólares al otro lado de la frontera. Otro factor fue el auge petrolero: los gobiernos se olvidaron del campo y sus necesidades, comprando en el extranjero los insumos agropecuarios para alimentar a los urbanícolas de las grandes ciudades; dejando al campesino, quien todavía trabajaba su parcela, a su suerte. (Actualmente, los campesinos están peor que cuando la reforma agraria porque ahora las sequías acaban con todo.)

Afortunadamente para mí, en mi niñez llovía mucho y a los que les gustaba trabajar, entre ellos mis padres y parientes de la Lagunilla, podían solventar sus necesidades y progresar, en la medida de sus posibilidades, aspirando a que sus hijos fueran a las escuelas. Otros se creyeron patrones, ricos, y vendieron sus parcelas o las dieron a trabajar a peones y medieros y nunca lograron salir de su indigencia. Entre algunos de nuestros parientes que sí trabajaban sus parcelas se estableció una costumbre que siguieron muy pocos. La costumbre era darle escuela, hasta obtener una licenciatura, a uno de sus hijos, mientras los demás hijos se quedaban trabajando el campo y criando los animales para solventar los gastos del hijo elegido. Hubo tres casos así, uno fue uno de mis tíos. Nuestros padres no quisieron eso. Nos dieron la oportunidad de que estudiáramos todos, advirtiéndonos, sin embargo, que no tenían dinero para mantener a todos nosotros ni para solventar nuestros estudios. Nos recomendaron trabajar, juntar dinero y luego estudiar; trabajar y estudiar o buscar becas, pero ellos no querían que solo uno fuera el privilegiado. Y para eso, nos espolearon desde niños: “el trabajo en el campo es muy duro, estudien y salgan de aquí” –nos decían, y no se cansaban de decirlo. Fuimos nueve hijos (hermanos y hermanas), el campo requería mucha mano de obra, pero allí no había futuro para nosotros. Las parcelas que dio el ejido en el tiempo de la repartición solo alcanzaron para los abuelos y los hijos, es decir, nuestros abuelos, padres y tíos. Las parcelas no se podían multiplicar como la parábola de los peces y Dios ya no estaba haciendo más.

Esta historia continúa…

Dálber Ra Melessio

–Más escritos por Dálber en su blog Polvo de luna, polvo de sol, o su libro El collar de perlas.-

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