Paréntesis: una mexicana en Finlandia

–Artículo invitado. Parte de la serie de las perspectivas latinoamericanas iniciado con Paréntesis: La vuelta al mundo según el alebrije y la salamandra.–

Helsinki

Helsinki

De repente mi amiga intelectual y opinadora me invita a participar en su blog escribiendo algo como “el punto de vista de una mexicana en Finlandia“, a lo que yo me sumo con entusiasmo pensando que tengo mucho que decir. Van pasando los días y mis ideas se van evaporando, hay tanto que hacer con los niños y en la casa que no encuentro el tiempo de sentarme a escribir, mi esposo es internado por una crisis y menos me motivo a inspirarme para plasmar mis ideas en el blog de mi amiga intelectual. Pero como lo prometido es deuda, lo hago. Escribo todas las cosas negativas que se me vienen a la cabeza y de repente me encuentro metida hasta el cuello en mi propio pantano. Concluyo que no es una experiencia positiva el ser una mexicana en Finlandia por varias razones: la familia no es unida, el sistema es cuadrado, hay demasiado trabajo como madre de dos hijos y esposa de una persona con problemas de salud, falta el folclor, la comida es insípida, el invierno es demasiado largo, los finlandeses son cerrados, el idioma es difícil, etc. En mi pantano solo veo la luz pensando que si estuviera en México mi vida sería diferente y mejor. Es una buena conclusión. Envío el “articulo” para el blog y por alguna razón no llega. Tengo la oportunidad de releerme y me percibo negativa. Tengo que cuestionarme si realmente es tan malo estar aquí, y de así serlo, si vale la pena vivir así… La respuesta es un firme ¡no! No es malo estar aquí. Y es aquí donde viene realmente mi punto de vista como una mexicana en Finlandia.

Como ya lo mencioné con anterioridad, al momento de escribir mi primera reflexión me encontraba en un momento de crisis donde todo parecía no tener solución. Ahora pienso en lo bien que todo ha funcionado. Lo más importante para mi: mi familia. Es verdad que en México las familias son más unidas, echo mucho de menos las charlas con mi padre, la complicidad con mi hermana, el simple hecho de “estar”. Aquí no funciona de la misma manera, los miembros de la familia mantienen su distancia, tienen sus propias vidas, y aunque exista el lazo sanguíneo no es forzoso que exista el lazo “social”. Volviendo a mi familia. A veces pienso que tengo tanto que hacer con los niños que no tengo tiempo para algo más. A veces es verdad. No tengo mucho tiempo para arreglarme las uñas, traer un peinado especial cada día o hacerme un maquillaje espectacular, y mucho menos de andar en la farándula social. A veces siento ciertos celos de mis amigas en México que postean fotos de sus reuniones y salidas, ellas muy arregladas y coquetas, comiendo aquí y cenando allá, teniendo hijo(s) pequeños igual que yo. Y yo veo las fotos cuando mis hijos se han ido a dormir y yo estoy tan cansada que solo pienso en un baño caliente y mi cama. Por otro lado leo en las noticias los altos indices de pobreza y violencia de mi país y pienso en todas las madres mexicanas que con el Jesús en la boca se ven obligadas a dejar a sus hijos en una guardería por ahí para irse a cubrir una jornada laboral de -con suerte- 10 horas para poder juntar unos cuantos pesos y poderle echar la limosna a la virgencita y pedir salud y trabajo y “ahí Dios dirá”. Siento tristeza e impotencia al pensar en niños en mi país que no tienen qué comer, niños que son robados para extorsionar a padres que quizás ni tienen tanto como aparentan tener.

Aquí es donde viene lo maravilloso: soy una madre privilegiada que tiene la oportunidad de tomar hasta 3 años de baja maternal en el trabajo para ver a mis hijos crecer; el sistema económico y laboral en Finlandia no me obliga a volver al trabajo después de la cuarentena, al contrario, tengo 10 meses gustosamente obligatorios para estar criando a mi chilpa y tengo la opción de extenderlo hasta 3 años. Soy afortunada por que tengo el cansancio diario de haber estado con mis hijos en el parque, en el bosque, la biblioteca o la estación de bomberos. Mis hijos no están en la guardería desde pequeños y no han sido consolados de sus primeras caídas o molestias dentales por una adolescente asalariada a medias en mi hogar, eso lo he hecho yo. He tenido el privilegio de no dormir de noche por cuidarles, sabiendo que al día siguiente no tengo que trabajar y puedo tomar la siesta con ellos; el privilegio de no postear fotos de mi grupo de amigas festejando en los lugares más “in” de la ciudad, pero tengo muchas fotos de actividades con mis hijos por que tengo chance de festejar la vida diaria con ellos, con papillas, mamilas y salidas al parque; juegos bajo la lluvia, en el arenero o a la orilla del lago; historias antes de dormir, a la hora del baño e incluso para comer. Tengo la tranquilidad de saber que podemos salir a caminar a cualquier hora a casi cualquier lugar sin tener el miedo de un secuestro.
Y al darme cuenta de que tengo el gran privilegio de pasar tiempo con mis hijos, me doy cuenta de la suerte que tengo de ser una mexicana en Finlandia, donde el sistema ecónomico y social tan “cuadrado” me permiten y hasta cierto punto me obligan a estar cerca de mis hijos; disfrutarlo es mi decisión. Si estuviera en México, los amaría igual, pero la cantidad de tiempo que pasaría con ellos, por gusto o no, no sería ni la mitad.

Evelyn Klockars

–Artículo invitado. Parte de la serie de las perspectivas latinoamericanas iniciado con Paréntesis: La vuelta al mundo según el alebrije y la salamandra.–

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