Descansando en la playa etérea

Para mi, no hay nada como un par de días en la playa, con la agenda llena de horas para tomar el sol, para beber una Margarita o una piña colada, refrescarme en el mar, disfrutar del sonido de las olas chocando con el agua y la arena, deleitar unos exquisitos tacos de pescado o un cóctel de camarones con chile y aguacate, cinco minutos para encerar la piel con un poco de bloqueador solar con aroma a coco, media hora para leer una revista bajo la sombra de las palmas y su música generada por la brisa del mar, diez minutos para disfrutar un jugoso coco, tomar el sol nuevamente por veinte o cincuenta minutos, relajarme nuevamente, descansar, refrescarme entre olas y arena, deleitarme con el rojo atardecer, …

Hace muchos meses que no disfruto de una relajación total a la orilla de un mar como el enajenante caribe mexicano o las costas soleadas de la Isla del Amor (Sri Lanka), o las calmadas aguas turquesas de las islas maldivas. Hace mucho que no tomo mi vacación favorita en alguna playa divina. Y hace meses que sólo he tenido tiempo para relajarte entre un proyecto y otro, entre una y otra junta; o en el aeropuerto, mientras espero el vuelo al siguiente destino, a la siguiente junta, a la siguiente conferencia. Hoy he decidido que mi vida laboral no se va a meter con mi vida salada llena de mar y arena. Hoy, mientras volaba de París a Londres, decidí tomar unas horas de sol. ¡Wow! Fue una experiencia etérea, cálida y jugosa. Les recomiendo unas horas de sol. Quizá no todos los días, pero al menos una vez al mes. Les voy a dar la receta para que ustedes también puedan deleitar su ser con las delicias playescas. Lo recomiendo especialmente a quienes viven en fríos, obscuros, lluviosos climas.

He aquí la receta:
1) Entre dos y cincuenta minutos con los ojos cerrados.
2) Una pisca de recuerdo del sabor a sal y arena.
3) Tres dósis de sol en remembranza.
4) Cien poros expandidos por el recuerdo del calor y el sudor.
5) Siete colores: bronce, rojo, turquesa, violáceo, esmeralda, verde índigo, azul marino
7) una dosis extra de azul cielo y veinte nubes

Preparación:
1) Todo debe prepararse bajo el hechizo del ingrediente número uno: ojos cerrados.
2) Saborear por tres segundos la pisca del recuerdo de sal y arena combinada con el sudor y una dósis de sol iluminando un poco de bronce sobre la piel.
3) Dedicar unos minutos a sentir cómo se expanden los poros del cuerpo, uno a uno hasta llegar a cien.
4) En combinación con el paso número tres, evocar el sonido de las olas del mar quebrándose ante la arena de la playa, suspirar, perspirar, respirar profundamente.
5) Abrir los ojos (sólo metafóricamente, ya que el paso número uno debe ser seguido al pie de la letra) y deleitarse con las olas que se mueven entre trece nubes blancas reflejadas en el turquesa con manchas de azul marino y charcos de verde índigo. Absorber una dósis de esmeralda líquida, contrastada con el azul cielo del horizonte y esas nubes que parecen algodones de azúcar.
6) Experimentar la transición del cielo. Empieza con un delicado azul cielo que suavemente se torna violáceo, acompañado por un violín virtual y virtuoso, hasta que el rojo se impone y Venus comienza a dominar el cielo de la playa etérea.
7) Mezclar todo en un caracol de placeres.
8) Regresar de la vacación en la playa etérea.
9) Continuar con las actividades cotidianas.

Esta receta es mejor disfrutada en compañía de los mejores recuerdos de sol, arena y mar. Sabe mucho mejor cuando la playa no es etérea…

¡Salud!

Adriana

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