Obscuridad obstinada

Estaba leyendo un comentario sobre el título de mi libro: “Cuando la obscuridad se prende”. El autor del comentario escribe que no ha obtenido ni leído el libro pero sugiere que le cambie el título. Asume erróneamente que vivo (o soy) de California y que mi idioma nativo no es español, por lo que considera que mi dominio del español (reflejado en el título del libro) es pobre y me aconseja que cambie el título por “Cuando la oscuridad se ilumina”. Agradezco su interés en el título de mi libro, pero me temo que no voy a cambiarlo.  Su sugerencia no es del todo mala pero destruiría dos partes del título importantes para mí y para el libro: la casi obsoleta ‘b’ en obscuridad y las posibilidades metafóricas de ‘prender’ esa obscuridad.

Permítanme compartirles un poco de mi relación con las palabras y con la elección del título. Lo que más escribo es poesía. Un género en el que cada palabra aumenta su peso, su significado; un género en el que los sonidos, los fonemas de las palabras en combinación con la puntuación, dictan un ritmo interno; un género en el que pocas palabras dicen mucho, en el que se juega con el lenguaje, en el que a través de metáforas se crean diferentes posibilidades, interpretaciones, ideas, etc. Poesía, para mí, es música, significado y metáfora. 

Hay palabras que me gustan más que otras. Algunas me atraen por su flexibilidad de significados, otras porque son moldeables, algunas por su sonido o impacto. Las que más valoro combinan más de una de éstas cualidades a la vez. Me gustan, por ejemplo, las palabras ‘efímero’ y ‘fugaz’ porque me dan la idea de algo etéreo que se desvanece pero impacta, que desaparece pero se queda grabado en la memoria -como decir “¡fú!” rápidamente y seguir pensando en el sonido de la ‘f’… ¡fffú!-.

La ‘b’ en obscuridad, obscuro, obscurecer, obscurantismo,  siempre me ha gustado… Quizá porque extiende la duración de la palabra al ser pronunciada, o porque me hace cerrar los labios al emitir el sonido de la ‘b’ creando una obstrucción física en la emisión de su sonido. Esa obstrucción me hace imaginar a la obscuridad como un ente que es un obstáculo para la luz. Me gusta la palabra obscuridad, aunque sea obsoleta, porque tiene relación etimológica con otras palabras interesantes como obsceno, obsidiana y obsesión. ¿Con qué palabra interesante puedo relacionar oscuro? ¿con ósculo? ¡No!… En fin, he ahí la historia detrás de obscuridad con obstinada ‘b’ de bruno.

Pasemos a la segunda parte de la discusión. Definitivamente es más clara y sencilla la idea de iluminar la obscuridad que la idea de prenderla. Pero, desde mi punto de vista, iluminarla es un proceso cotidiano y aburrido. En cambio, prender la obscuridad es un proceso metafórico que abre la posibilidad de diferentes interpretaciones. Uno puede prender fuego a algo que al ser quemado genera luz; en ese sentido al prender la obscuridad hay luz. Sin embargo uno puede  prender algo y activarlo, darle vida, como prender la computadora, la televisión o la luz eléctrica; entonces, prender la obscuridad implica apagar la luz. Prender tiene otros significados como sujetar un objeto con un alfiler, privar a una persona de su libertad, o simplemente agarrar, asir algo. Una planta prendida está arraigada a la tierra, una hembra prendida está preñada… Creo yo que ‘cuando la obscuridad se prende’ es mucho más emocionante que ‘cuando la oscuridad se ilumina’; además de que la metáfora explícita en el título sirve de advertencia al contenido del libro: no lo lean si no les gusta jugar con el significado de las palabras y sus sonidos, o con la idea de una obscuridad prendida.

Hasta pronto,
Adriana

Anuncios