Paréntesis: México -un poco de pasado, presente y su futuro-

La semana pasada estuve en los montes Pirineos, aprendiendo un poco de geología. El viaje fue parte de mi trabajo y, a pesar de que aprendí bastante, aún me cuesta trabajo pensar que me hayan pagado por una semana de diversión. Es uno de esos momentos en la vida profesional en que me doy cuenta de que los años de vida de estudiante de doctorado valieron la pena…

Vista de la Peña Montañesa, en los Pirineos,   ©2012 Adriana Citlali Ramírez

Peña Montañesa
©2012 Adriana Citlali Ramírez

Trabajo y vivo en Noruega, por lo que la mayoría de mis acompañantes en el viaje eran noruegos. Entre las pláticas más interesantes que tuvimos estuvo la de la deuda griega. En particular, uno de mis compañeros -a quien apodaré Juan- no podía entender por qué los Griegos no quieren pagar más impuestos. Su punto era que si uno tiene una deuda, uno paga esa deuda; de lo contrario, hay consecuencias negativas como ir a la cárcel. Por lo que cualquier persona con un poco de objetividad y decencia, paga sus deudas. Juan tiene mucho de razón, pero no creo que su ejemplo de un individuo se pueda generalizar a una nación -o a TODA nación-. Como mexicana, he experimentado un mundo en el que el gobierno padece corrupción, los ciudadanos se sienten orgullosos de evadir impuestos, los que más tienen contribuyen menos y los que menos tienen terminan pagando las consecuencias – los más ricos sacan su dinero del país antes de que la crisis se agudice. Recuerdo que le dije a Juan que me costaba trabajo pensar que los griegos fueran a votar para pagar más impuestos y sacar a su país de deudas. A él le parecía impresionante que eso pudiera suceder. ¿Por qué? ¿Y las consecuencias? -preguntaba Juan- ¡Si tú tienes una deuda, la tienes que pagar, no es algo por decidir, es una obligación…!

Al día siguiente, Juan despertó con una sóla pregunta –¿Has declarado impuestos en los últimos tres años?– y nos interrogó a todos. En su mayoría la respuesta fue afirmativa, pero cuando cuestionó a un par de españoles con trabajos académicos en España, la respuesta fue ‘No’. Entonces me pregunté si los mexicanos heredamos la corrupción, y la idea de romper las reglas (o hacerlas flexibles), de España. Aún no encuentro respuesta. Quizá todo ésto viene desde Roma, junto con la idea de darle pan y circo al pueblo mientras los gobernantes hacen de las suyas. Quizá es una parte de la naturaleza humana que selectivamente se ha desarrollado y hecho más fuerte en los países latinos. No lo sé. Lo que sí sé es que para conocer el mundo en que vivimos hay que salirnos de ese mundo y verlo desde afuera. Cuando vivía en México, no entendía muy bien la función de pagar impuestos. Me era fácil asentir con la cabeza cuando alguien mencionaba su forma favorita de evadir impuestos disculpándose con que si uno los paga, el dinero se va a los bolsillos de los funcionarios. Pero ya no puedo estar de acuerdo. Especialmente después de vivir en un país como Noruega, donde el sistema funciona y las personas hacen su parte.

Sé que hay mucha corrupción en mi país, sé que parte de los impuestos nunca se utiliza para el fin definido por la ley. Pero una gran parte es utilizada por todos los mexicanos día a día, como el dinero que se gasta en el pavimento o la luz en las calles, en los parques públicos, en la educación y los libros de texto gratuitos, los museos, etc. Todo país necesita dinero para vivir. En México, el país vive de el petróleo (un bien no renovable) y de los impuestos que pagan los empleados cautivos (los que menos ganan) más los impuestos (después de la evasión) que algunos empresarios pagan, ¡ahh! más los impuestos pagados por los pocos que no evaden impuestos. Si no se evadieran impuestos, México tendría más dinero para ofrecer mejores servicios, mejor educación, mejores seguros médicos. Si todos dejaran de pagar impuestos, el país colapsaría.

Platicando con los noruegos sobre la constitución mexicana y los derechos y servicios que México ofrece a sus ciudadanos, coincidimos en que la oferta de México es mejor que la de muchos otros países. Por ejemplo, para acceder a la educación en México, en principio, uno no tiene que pagar nada. Si uno va a la universidad pública, uno no termina su carrera y comienza su vida profesional con una deuda enorme a pagar, como sucede en ciertos países del primer mundo (como Estados Unidos, Inglaterra o Noruega). Si un estudiante demuestra que no tiene nada de dinero, recibe una ayuda económica del gobierno que funciona como una beca, no como un crédito. En principio, todo trabajador debe tener acceso, como mínimo, a los servicios del Seguro Social. Etc. México tiene las bases para ser un país de primer mundo. Lo que está escrito es bueno, la aplicación no siempre lo es -a veces por falta de dinero, a veces por burocracía o exceso de corrupción-. Pero podemos ser mejores.

Ha habido ocasiones en que he perdido un poco de fe en que México salga de su estado actual, de acabar (o reducir) la burocracia, la corrupción, el beneficio de los poderes fácticos a unos cuantos, etc. Uno de esos momentos fue cuando, estando en la preparatoria y creyendo que una sóla persona puede cambiar a un país, fui a sacar mi permiso para manejar. Mis papás me mandaron a un curso de manejo y leí el reglamento de conducir antes de ir a tramitar mi permiso. Recuerdo haber ido a la delegación con todos mis papeles (copia del acta de nacimiento, constancia de estudios, certificado del curso de manejo, etc.) lista para obtener ese permiso y comenzar a ser parte activa de la ciudadanía mexicana. Al llegar a la oficina correspondiente lo primero que me dieron es la opción de tramitar mi permiso de conducir con examen o ¡sin examen! ¿Cómo es posible que un trámite oficial tenga opciones así? Aún me impresiona que no haya más accidentes automovilísticos en la Ciudad de México. El saber que uno no necesita demostrar si sabe o no manejar para obtener una licencia fue y sigue siendo decepcionante, sobretodo porque ese trámite es tan solo un reflejo de cómo funciona el sistema, una muestra de que el sistema ha sido asimilado y aceptado.

En fin, podría contar más historias de cómo se puede perder la fe en las posibilidades para un México mejor. Sin embargo, prefiero comentar que los hechos de las últimas semanas en el país son un verdadero paso hacia adelante. Finalmente alguien, los estudiantes en este caso, se ha organizado y levantado su voz, utilizando recursos como internet y las redes sociales, y saliendo a la calle con un mensaje claro… Internet y las redes sociales han demostrado globalmente que pueden ser herramientas efectivas de cambio y que son más democráticas y transparentes que los sistemas implantados en muchos países como el nuestro. Creo que este movimiento estudiantil demuestra que México ya no está del todo dormido. Sé que los cambios no van a ser de un día a otro, pero éste movimiento inspira confianza en el futuro del país -México será más transparente, menos mediático, más democrático-. Yo apoyo ese futuro.

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