Paréntesis de negocios: la Dama de Hierro y el techo de cristal

Hace un par de semanas vi la película “The Iron Lady”; una película que no es especialmente buena para alguien interesado en historia y en las motivaciones que influyeron en la figura pública de Margaret Thatcher.  La actuación de Meryl Streep es excelente; el guión se queda realmente corto. Con la historia de una mujer que cambió un país y afectó impresionantemente al mundo, una excelente actriz, buen elenco y set, dinero para la producción, dirección, etc., pudieron haber hecho una película que valiera más la pena que el melodrama logrado. Un melodrama enfocado en su enfermedad senil, no en la mujer a quienes los rusos trataron de insultar con el título de “Dama de Hierro”…

Quizá la parte que más disfruté, es cuando la Dama de Hierro aboga por su decisión de defender militarmente a las Islas Malvinas de Argentina frente al comité de Estados Unidos, enviado para convencerla de que no necesita ir a guerra por unas islas a miles de millas de distancia. Maggie responde en total control y compostura: “Hawaii was thousands of miles from the U.S. when it was attacked by the Japanese, and yet you declared war. So have I.”

Margaret Tatcher fue una mujer que logró entrar, desde muy joven, a las altas esferas de la política inglesa y llegó a ser Primer Ministra de su nación en 1979, época marcada, entre otras muchas cosas, por el activismo pro-feminista en el mundo entero. La película, sin embargo da la idea de que Margaret era la única mujer en esas esferas del gobierno. Lo cual me hizo pensar en el aspecto del liderazgo de la dama de hierro: Maggie fue la primer mujer en convertirse en Primer Ministra de una nación de occidente, el Reino Unido, rompiendo efectivamente con restricciones de género y manteniéndose en el puesto por once años democráticamente; sin embargo, después de ella, no ha habido ninguna otra mujer contendiendo seriamente por el puesto. ¿Por qué? ¿La Dama de Hierro no logró influir la determinación de ninguna mujer en la política del Reino Unido? ¿El techo de cristal (o vidrio) se cerró después de su partida, o el piso es muy pegajoso? Me pregunto si alguna vez, Margaret Thatcher, dedicó tiempo para impulsar a alguna otra mujer en sus ambiciones políticas. Si alguien (hombre o mujer) la considera su mentora. Obviamente en una película tan superficial no hay respuesta para ninguna de éstas preguntas, por lo que decidí comprar un par de sus biografías.

Aún no termino mi lectura, pero ahora sé que el parlamento británico ha tenido mujeres desde principios del siglo pasado. Cuando Maggie entró a servir en el parlamento, había alrededor de veinte mujeres en puestos análogos -aproximadamente la mitad de ellas servían en el mismo partido. Margaret se diferenció de las demás mujeres porque llegó al nivel más alto. Entiendo que el camino era difícil, especialmente en esa época, por lo que me resulta realmente interesante el proceso que siguió para alcanzar el puesto de Primer Ministra. Obviamente fue un camino al que le dedicó mucho tiempo, trabajo, horas de estudio y sacrificios personales. Según sus memorias y la biografía de Campbell (“The Iron Lady: Margaret Thatcher: Grocer’s Daughter to Iron Lady“), la idea de llegar a líder de su partido y a el número diez de Downing Street, no fue una idea que la haya acompañado desde que inició su carrera política, al menos no conscientemente. Ella sabía que esa esfera estaba dominada por hombres y no creía que, en su vida, una mujer alcanzara el puesto más alto. La idea fue cambiando poco a poco, hasta que pudo verse a sí misma en ese nivel, y otros pudieron considerar la misma idea. Maggie utilizó el hecho de ser mujer en su ventaja, pero no a favor del feminismo. Maggie hizo un esfuerzo por que los medios la identificaran como una mujer tradicional, quien preparaba el desayuno para su marido todos los días, quien compraba la comida de la familia en el super mercado y era afectada por los precios y la inflación. Esa actitud, definitivamente le ayudó a ganar votos de mujeres que se identificaban con esa versión femenina, también le ayudó a ganar otros votos porque vendió la idea de que una mujer sabe de precios y que el monetarismo puede ser entendido y explicado fácilmente en términos de un presupuesto para el hogar. En sus discursos políticos, sin embargo, solía ignorar a las mujeres completamente, por ejemplo, cuando discutía a la clase trabajadora lo hacía en referencia a los hombres que trabajan, nunca a las mujeres, a pesar de ser una de ellas. En otras palabras, puede verse como que decidió ser parte de ellos y no ser vista como una mujer entre los hombres. La estrategia, obviamente le dio buen resultado, dado sus logros. Sin embargo, aún me parece un poco triste que no se haya esforzado por hacer un poco más para la igualdad de géneros o para ayudar directamente a otra mujer con ambiciones y potencial a navegar las altas esferas políticas. Desde mi punto de vista, eso la hace no ser una lidereza completa. Aunque entiendo sus motivos, su estrategia y la realidad de que en el ambiente en el que trabajaba, nunca se puede sentar a disfrutar de sus triunfos pasivamente, siempre tiene que estar al pendiente de sus números, de la aprobación del país, de la posibilidad de seguir teniendo seguidores -democracia, al fin-, aliados políticos, etc. Estas son conclusiones preliminares, pues aún no termino de leer, por lo que no deben tomarse literalmente.

La historia, parcial, de Margaret Thatcher dice que no siempre basta que una mujer rompa un paradigma o un ‘techo de vidrio’ para que las oportunidades sean más equitativas entre los dos géneros. Se necesita algo más. La primer persona (cualquiera su género) en hacer algo que parece imposible en una época, definitivamente rompe un paradigma, abre puertas, inspira. Pero no necesariamente deja las puertas abiertas o cambia por completo la forma en que el mundo se maneja. Actualmente, muchas empresas están tratando de encontrar la manera de ‘demostrar’ que tienen políticas equitativas para hombres y mujeres, y que la nacionalidad de la empresa en comparación con la de los empleados no tiene mayor efecto que una coincidencia. Las razones de las empresas suelen ser motivadas por leyes en los países donde operan, por movimientos sociales, competencia e imagen corporativa, etc. En algunos países, por ejemplo, el gobierno está pasando leyes para que las empresas tengan a un porcentaje mínimo de mujeres en ciertos niveles, de lo contrario tienen que pagar impuestos extras o algo semejante. Las estrategias que las empresas están siguiendo para cumplir dichos criterios o para dar la imagen que quieren dar, no siempre son justas. Lo cuál crea un dilema. Por ejemplo, a veces crean políticas que especifican que las mujeres (o cierta minoría; esto no sólo aplica a género sino a nacionalidad, raza, etc.) tienen preferencia en cuestiones de ascenso y promociones. ¿Es esa política justa? Como mujer, no me sentiría orgullosa o satisfecha de obtener cierto puesto simplemente porque soy mujer y tengo ciertas habilidades, no porque soy la mejor persona para ese puesto, o al menos la mejor persona compitiendo o aplicando por dicho puesto. Por otro lado, tampoco me satisface el no tener acceso a dicho puesto por ser mujer. He ahí el dilema. ¿Qué es mejor? ¿Hay un punto medio? La respuesta no siempre es directa, pues de haber un punto medio, no habría necesidad de crear éste tipo de políticas, requisitos, leyes. ¿O sí?

Anuncios